martes, 7 de febrero de 2017

cero residuos



sobre aquello de los residuos cero de que hablaba el otro día (gracias, Isabel, por tu interesante comentario, por cierto), quería seguir reflexionando.

yo no soy la mejor en este tema, desde luego, y tampoco aspiro a meter la basura de dos años en  un tarro de mermelada, pero sí que me preocupo por resistir a la tendencia de producir mi peso en basura en dos días que tenemos en este país (dato aleatorio no contrastado).

el caso es que hace mucho que llevo mis bolsas de tela a la compra, no compro algunos productos por exceso de empaquetado (tortitas de arroz del Mercadona yo os maldigo), procuro no tomar cafés para llevar salvo que pueda hacerlo en mi taza y reciclo todo lo que puedo. aún tengo que mejorar en cosas, por supuesto (lo de los productos de cosmética y droguería, sí), pero intento añadir cositas a mi lista. 

y, entonces, entra mi forma de vida reciente y el centenar de viajes que me meto al cuerpo en un año, y las veces que tengo que comer fuera y tomarme un café en un tren. y ahí, mi comodidad (una maleta y un bolso hacen que no quiera llevar, además, una bolsa con termo de café y comida para tres días) se enfrenta al hecho de que en un tren español, ahora mismo, es imposible tomar nada sin generar un kilo de desechos, porque hasta el té viene en unas monodosis estupendas pegadas (sí, pegadas) al fondo de un vaso de cartón. 

pero eso no es lo peor. lo peor es el taquito de servilletas de papel que lo acompaña. eso y cualquier cosa que pidas en un tren, por cierto. «¿me da un vasito de agua?». taquito de servilletas. «¿puedo tomar un té?». taquito de servilletas. «quería un bocadillo». taquito de servilletas. «con unas patatas». taquito de servilletas. «gracias». taquito de servilletas. tal que así.

para evitar las servilletas de papel en los comedores universitarios, hace tiempo que llevo mi propia servilleta de lino en el bolso. pero da igual. la situación en el tren es: 
—tengo servilleta, gracias.
—pero es gratis.
—es que tengo una ya.
—pero para el vaso.
—no quiero servilleta.
—pero…
—de verdad. muy amable, gracias, pero no.
—… 
morro del camarero porque le he dicho que no a su amabilidad. 
y yo me quedo fatal pensando en la culpa que nos aportan, supongo, por su formación –horrible para el medioambiente, por otra parte– de dar mucho de lo que parece una amabilidad, que para eso cobras dos euros por un poco de agua (apenas 75 ml, que lo pone en el vaso). 

total (esto se me está haciendo larguísimo, lo siento), que yo venía a chillar al aire y a intentar recordar a las conscientes del medioambiente (y yo no soy ni mucho menos una heroína del asunto) que sí, parecemos raras por pedir cosas que el resto del mundo da por sentadas, pero las buenas somos nosotras. si nos miran por ello, si nos ponen caras desagradables, no es porque hagamos algo vergonzoso, sino porque hacemos algo que, quizá, nunca hayan visto, que puede que les haga plantearse su forma de vida y que supone un cambio y a nadie le gustan los cambios. pero podemos hacerlo con orgullo y, quizá, nuestra «valentía» pueda servir de ejemplo y haga que otros se animen. a algunos camareros ya los tengo medio aleccionados :)

fin del rollo. pero no prometo que sea el último al respecto.

2 comentarios:

isabel dijo...

De rollo nada. Me reconozco mucho en esas micro discusiones tan cansinas, y sí, querida, somos las buenas. Me interesaría muchísimo una tormenta de ideas alrededor de la disminución de los residuos que generamos.

julia mateo rivera dijo...

Si, a mi me pasa igual. Hoy me he ido al mercado con mis bolsas. Pues ha sido imposible...Volví a cada con ellas vacías y con 4 bolsas de plástico. No hubo manera brrrr

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