jueves, 2 de septiembre de 2010

a veces la gente es fantástica


esto es una traducción (mía) de la historia que cuenta Anna en su blog. una historia que me emocionó y que creo que merece la pena compartir. porque, a veces, es bueno recordar lo amables que podemos ser.

«ayer fui objeto de la bondad de una completa extraña.

PB, BB y yo estábamos en el supermercado, discutiendo lo que íbamos a comer. habíamos invitado a unos amigos e intentábamos pensar en algo apetitoso dentro de nuestro presupuesto semanal. yo llevaba un racimo de tomates maduros en la cesta. PB sugirió que cogiésemos salmón. no nos peleábamos, ni hablábamos en voz alta. esta era más o menos nuestra conversación:

¿cogemos un poco de salmón?
no podemos permitírnoslos.
solo necesitamos un poco: para unos bocadillos. estaría bien.
bueno, ¿y estos tomates?
tenemos tomates en casa.
vale. pues usaremos esos. creo que necesitamos queso.
¿qué queso prefieres?
no lo sé. no sé cómo llevamos el presupuesto esta semana. y compramos la estufa la semana pasada...
ya. yo tengo cinco dólares.
yo tengo otros cinco.

no me malinterpretéis: en realidad, no somos pobres. aunque nuestro piso alquilado es pequeñito, está en una zona de Sydney encantadora. cuando vivíamos en Londres, salíamos a cenar, íbamos al cine y me compraba ropa, probablemente, demasiado a menudo. al volver a Australia y tener un niño tan inesperadamente, hemos tenido que adaptar nuestras prioridades. vivimos con un solo sueldo. pedimos un préstamo para comprar un coche y, con lo que sobró, nos compramos una cámara. la cámara es una inversión que esperamos rentabilizar muy pronto. ahora tenemos un presupuesto semanal. no es enorme, pero nos permite comprar la comida, pedir comida a casa una noche, pagar la gasolina, una visita al osteópata y quizá un par de cafés por ahí. pero, estoy perdiendo el hilo...

miré los tomates y dije que los dejaría, pero todavía no habíamos avanzado mucho y empezaba a agobiarme un poco. PB dijo que iría a dar una vuelta para darme un par de minutos para decidir lo que quería hacer. fui a la estantería, dejé los tomates y fui a mirar los quesos.

una señora se acercó y puso cincuenta dólares en mi cesta. al principio, creí que se me habían caído a mí, pero sabía que no llevaba esa cantidad. entonces, me dijo: "corazón, compra esos tomates". miré el dinero y luego a ella. estaba alucinada. sentí cómo se me llenaban los ojos de lágrimas e hice todo lo posible por no llorar. agarré el dinero para devolvérselo y le dije que estábamos bien y que no podía aceptarlo. me volvió a mirar: "he pasado por ello y sé cómo es. cógelo. yo puedo permitírmelo. coge los tomates que querías y compraos algo que os apetezca". solo conseguí que me dijese el nombre antes de que se fuese.

Jan, sé que probablemente nunca leerá esto, pero muchas gracias igualmente. nunca olvidaremos su amabilidad.

no espero llegar a ser rica. pero espero que un día nos vaya mejor y, quizá entonces, pueda hacer algo así por una joven familia que esté empezando».


(foto de Rohan Anderson).

1 comentario:

CREATURA dijo...

Ooooh, se me ha puesto la piel de gallina!!!
Gracias por compartir esta maravillosa historia.
Creo que yo también pasaré por tu blog muy amenudo :)
Un beso
Elisa

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